Cuando se tiene 20 años, una persona de 70 se nos antoja un viejo de m...
Cuando se cumple 40, una persona de 70 se nos antoja simplemente un viejo.
Cuando llegamos a los 60, un tipo de setenta o más nos parece muy cercano en el tiempo, mientras ya nos empezamos a indignar por las crónicas periodisticas que hablan de algún "anciano" de 65.
Por estos días cumplo 72 y no asumo mi natural condición de viejo, simplemente por no sentirme como tal ni en términos de salud, ni intelectuales, ni físicos...ni...ni...ni.
Pero de que los cumplo...pues los cumplo. Es una verdad ineludible que no me pesa.
Lejanos me parecen los amores de juventud. Los recuerdos de Carmen T. y de Alicia R.
Más tarde la incursión en mi vida de ilusiones truncas como la de Teresa A., verdadero amor imposible, no solamente por su origen árabe, destinada sin ninguna duda de su familia a alguien de su misma raza, sino además, como complemento de obstáculos, a mi situación de haber nacido en hogar judío. A la larga convenimos en que no queríamos trasladar la guerra del medio oriente a territorio chileno.
Luego apareció Yenni M. como amor platónico y un poco después surgió María Teresa, la mujer de mi vida, la madre de mis tres hijos y abuela de mis 6 nietos, mi confidente y mi paño de lágrimas, la depositaria de mis mejores sueños, cómplice de mis alegrías y consuelo de mis desencantos, lo mejor que pudo haberme pasado en mi existencia.
No fue fácil su conquista y significó una gran prueba a mi paciencia.
Conocí a la en esa época estudiante de derecho, sin que ella supiera quién era yo, entonces adulado, observado en la calle porque cada noche daba las noticias por televisión, fotografiado en revistas y animador de programas musicales de gran éxito en la radio.
Pero ella no tenía idea y eso me gustó. Al día siguiente de conocernos, le pedí que me escuchara en Radio Chilena porque le pondría una canción alusiva a nuestro encuentro.
Era Angelito, del dúo René y René.
"Encontré un angelito, que bajó del cielo azul". Pero no se sintió mayormente conmovida, pese a mi convicción en el sentido que con esa música iba a cambiar su resistencia inicial.
Al cabo del tiempo lo conseguí, pero por su modo de pensar y el de su familia, vislumbrando un posible matrimonio ella debía previamente finalizar su carrera en la universidad, para lo cual faltaban todavía unos cuantos años.
Al cumplir 72, llevo más de 38 años de matrimonio, más 5 de pololeo previo, como se dice en Chile, pero por la época, por las costumbres familiares, por...por...por, era pololeo sin goles, los cuales había que buscarlos en cancha ajena, en que imperaba solamente la pasión, porque el amor, mi amor, estaba ya encapsulado.
Entretanto, (5 años es un tiempo largo), surgieron ciertamente dudas por ambas partes. Conocí a una chica que claramente habría sido mi preferida de no existir María Teresa. No daré ni siquiera su nombre, puesto que nunca le declaré amor, pese a que era obvio y aparentemente habría sido correspondido. Contrariamente a mi entonces futura esposa quién nunca llegó a sentir gusto por el fútbol, aquella era experta en la materia y sabía más de arqueros, off side y jugadores que yo mismo. Pero en mi batalla interior, triunfó también la que no sabía de fútbol y que hasta hoy se me sigue cruzando frente al televisor cuando ya alguna pelota está a punto de entrar al arco, o preguntándome si llevé los zapatos a la reparadora, justo en el momento sublime de un tiro penal. O que en una final de campeonato mundial, a eso de 30 minutos del partido, me podría consultar quién está jugando.
Al empezar este post ni siquiera había pensado en su desarrollo. Me dejé llevar por una especie de memoria romántica, pudiendo haber sido laboral, estudiantil, o de otra índole, porque siete décadas dan para mucho.
Lo único concreto es que, sin lugar a dudas, más ahora con un dos agregado al siete, hace ya un rato largo estoy para los demás en la categoría de viejo de m... por más que me sienta todavía pleno y vital.